VÍDEO-ANÁLISIS: Divinity 2: Ego Draconis (7,0)

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Edición y Texto by Marmota
Voz by Asadapi

Encontrar un juego de rol de corte occidental en el catálogo de XBox 360 es un acontecimiento poco frecuente. Si a eso le sumamos que el título en cuestión sea de buena calidad, tenemos el equivalente digital de hallar un trébol de cuatro hojas. Para llenar este vacío, la compañía belga Larian Studios nos trae “Divinity 2: Ego Draconis”. ¿Se trata de un nuevo trébol para los usuarios de consola? ¿O es en realidad un cardo borriquero?

No es necesario haber jugado a las anteriores entregas para adentrarse en el mundo de Rivellon; de hecho, la historia no podría ser más sencilla. Nuestro personaje es un aprendiz de matadragones, una orden que se dedica…vaya, a cazar dragones. Casi sin haber completado nuestro entrenamiento, somos enviados a nuestra primera misión: acabar con la última de los caballeros dragón, una estirpe de humanos que sirven a los dragones. Es durante esta cacería cuando nuestro personaje empezará su búsqueda para salvar Rivellon de las garras de Damian, el Maldito.

Aunque el trasfondo de la historia es bastante sólido, sigue valiéndose de clichés clásicos del género, como el señor oscuro dispuesto a conquistarlo todo o el mago de barba blanca y sombrero de cucurucho. Estos tópicos contrastan con frecuentes golpes de humor durante el juego: descripciones jocosas, líneas de diálogo absurdas y situaciones que difícilmente encontraríamos en otros juegos de rol.

Salvar el mundo no es tan simple como soplar y hacer pompas, requiere enfrentarse a toda clase de peligros y, en especial, aquellos que se resuelven a lo bruto. Para ello, dispondremos de un amplio abanico de habilidades, armas y armaduras para acabar con todo bicho viviente que se nos ponga enfrente. No hay clases prefijadas, tenemos libertad absoluta para construirnos el personaje que queramos, subiendo aquellas características y habilidades que se adaptan a nuestro estilo de juego. Dicho esto, debe mencionarse que el sistema no es tan bonito como lo pintan: guardar las distancias suele ser mejor opción que lanzarse de cabeza al peligro y la mayoría de las habilidades son escasamente efectivas.

Divinity 2 no se subtitula Ego Draconis por nada. En un determinado punto del juego, nuestro personaje ganará la habilidad de convertirse en un poderoso dragón, lo que nos permitirá llegar a zonas previamente inalcanzables y enzarzarnos en emocionantes combates aéreos. Desgraciadamente, esta mecánica de juego llega a mitad de la historia y no termina de aprovecharse bien.

No todo será combatir en este juego. Hay misiones que podrán ser resueltas sin sacar el brazo de paseo e incluso más de una tendrá formas distintas de resolverse. De esta forma, podremos acceder a misiones adicionales o a recompensas más jugosas, porque conseguir oro extra nunca está de más. Es en estos casos donde más partido se le puede sacar a una especialidad de los matadragones: la lectura de mentes. Por una cantidad variable de puntos de experiencia, podremos escudriñar los pensamientos de casi cualquier ente pensante, ya sea para acceder a soluciones alternativas, ganar mejoras de habilidades, equipo adicional o echarnos unas risas.

La exploración es un elemento importante en cualquier juego de rol y éste no es una excepción. Cada uno de los mapeados del juego contendrá grandes extensiones de terreno y lugares secretos por descubrir. Desgraciadamente, llegar a esos lugares puede ser bastante complicado, ya que los combates son bastante brutales en el nivel de dificultad por defecto. Los enemigos suelen ir en grandes grupos y sus ataques resultan especialmente dañinos, por lo que deberemos utilizar tácticas de “tira la piedra y esconde la mano”. También podemos conseguir ayuda extra invirtiendo puntos en las habilidades de invocación de monstruos o usando a nuestra Criatura, un híbrido de monstruo de Frankestein y perro pachón, construido con los restos de múltiples cadáveres.

Esto no evita que el avance del juego siga siendo lento, al encontrarnos en muchas ocasiones con que la siguiente zona a la que debemos acceder está repleta de enemigos que nos superan en nivel. Ganar experiencia adicional con las misiones secundarias en este juego se torna más en una necesidad que en un vicio. Tampoco ayuda el hecho de que este juego fuera diseñado originalmente para PC, por lo que manejarlo con un pad no resulta tan intuitivo. Se pierde mucha soltura cuando no cuentas con un batallón de teclas de acceso directo, aunque cuentes con la posibilidad de pausar el juego en cualquier momento. Además, se aprecian ciertos problemas de estabilidad, especialmente con las cargas intermedias.

Gráficamente, el juego destaca más por su variedad que por su calidad. Hay una gran cantidad de escenarios por visitar entre cuevas, bosques, montañas y templos, pero el conjunto es bastante discreto. Los personajes se encuentran bastante bien animados, sobre todo en las conversaciones, pero adolecen de falta de diversidad: existen un puñado de modelos que se repiten constantemente. El mismo problema tiene el doblaje, con un puñado de actores para dar vida a todos los personajes. Por fortuna, el trabajo de los dobladores es bastante mejor que el de los grafistas, con la excepción de alguna nota disonante. El resto del apartado sonoro es de lo más normal: tanto los efectos como la música pasan desapercibidos.

A medio camino entre el juego de rol tradicional y el de acción “pateamazmorras”, “Divinity 2: Ego Draconis” tenía potencial para convertirse en un referente del género. Buenas ideas no le faltaban pero es su ejecución lo que le aleja de las mieles del éxito, ya que no sirve de nada una buena idea si no se desarrolla eficazmente. Aún así, Divinity 2 es un buen juego que gustará a los amantes del género de rol pero siempre quedará ese regusto amargo de lo que pudo haber sido y no fue.

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